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jueves, 4 de diciembre de 2008
jueves, 9 de octubre de 2008
VIDEO IMANOL
También Imanol me hizo un video. Entre las imagenes, ponía lo siguiente:
UN AÑO MÁS TARDE SIGO IGUAL
CIERRO LOS OJOS Y ALLÍ ESTAS
COJO TU MANO Y NO TE VAS
SI ABRES LOS OJOS PODRAS CONTEMPLAR
UN BELLO FUTURO DE AMOR Y AMISTAD
PREPARA EL OIDO Y PODRAS ESCUCHAR
SUSURROS QUE DICEN NO PODER HABLAR
FRASES QUE DICEN NO PODER EXPRESAR
SENTIDO QUE DICE NO PODER CALCULAR
MIRADAS QUE DICEN NO PODER VIGILAR
RAZON QUE ME DICE NO PODER CONTROLAR
CORAZON QUE ME IMPIDE DEJARTE MARCHAR
ALLI DONDE SUEÑE SEGURO QUE ESTAS
GRACIAS POR HACERME FELIZ
TE QUIERO
Al final es lo que tiene, ambos videos casi con las mismas fotos, un mensaje con el mismo destino pero dicho de manera diferente. Una música diferente tb, claro está. Si me lo pedís, me lo pensaré y os dejaré verlo.
Un abrazo gentecilla. Estamos pronto.
P.D. Mañana viernes me voy todo el fin de semana con él. Es sorpresa para mí, pero tengo una ligera idea de a donde me llevará. Zona de Huesca, pirineo Aragonés. Ya os contaré. Nos vemos como muy pronto la semana que viene. Disfrutad del fin de semana.
Agur!
lunes, 6 de octubre de 2008
VIDEO ESPECIAL
Hola a todos. Os invito a ver un vídeo nuevo y especial de limitada duración, el Miercoles día 8 de Octubre de 2008. Lo colgaré por la tarde, entre las 15:30 y las 16:30, y lo eliminaré alrededor de las 23h del mismo día.
Para que podais verlos, lo subiré a mi blog personal en la siguiente dirección:
http://el-elmito.blogspot.com (podeis acceder desde el link o pinchando aquí).
Ya lo vereis si podeis. Un abrazo!!
P.D. He realizado un pequeño cambio. Dije que lo subiría por la mañana entre las 7 y las 8, pero por problemas técnicos, no podrá ser así. Ante cualquier otro inconveniente, os mantendré informados. (no espereis gran cosa,eh?? es una chorradilla de vídeo, pero me hace ilusión)
-MILA ESKER DENOI-
Como ya estaba anunciado, el video a pasado a la historia a las 23.32h
jueves, 21 de agosto de 2008
La infelicidad es el precio que pagamos para ser libres
Vamos a ver. La versión heredada, bastante moderna, pero heredada, arranca del descubrimiento del secreto de la vida a mediados de los años 50: nuestra constitución genética –las instrucciones conductuales que llevamos en el núcleo de cada una de nuestras células– se encarga de que nos comportemos de una manera o de otra. Que seamos optimistas o pesimistas. Agresivos o benevolentes. Lúdicos o indiferentes. Vagos o trabajadores. Curiosos o indiferentes. Empáticos o desconsiderados. Con un matiz, claro; dependiendo del entorno que nos haya tocado vivir, los genes responsables, por ejemplo, de la depresión pueden no expresarse.
Potencialmente podemos ser unos depresivos que entristecen la vida a los demás, aunque nuestro destino concreto no sea éste gracias a haber aterrizado en un entorno amable, pacífico, benevolente y considerado. Durante 40 años se fraguó un debate entre los que creían que todo dependía de los genes, los que creían que la mitad dependía del entorno y los convencidos de que la educación y el entorno podían con todo.
Si estabas aquejado por una enfermedad mental, ibas al médico, fuera psiquiatra o neurólogo, o bien al psicoanalista y a los psicólogos. Si tenías –como ocurre con algunos amigos míos– el presentimiento de que la conducta era el resultado de las leyes universales que rigen los procesos cerebrales, te ibas de cabeza al especialista del cerebro. Si, por el contrario, considerabas que la individualidad de cada persona está marcada por su inconsciente, entonces te ibas de cabeza al psicoanalista.
Ahora empezamos a entender por qué nos iba igual de mal en los dos casos. Neurólogos punteros de todo el mundo –fundamentalmente en Suiza y Estados Unidos– están demostrando que necesitan a los psicoanalistas y éstos a los neurólogos en la misma medida para interpretar la realidad. La espoleta que ha activado la convergencia de estos dos ríos del conocimiento ha sido el nuevo concepto de plasticidad cerebral: se acaba de descubrir que cualquier experiencia personal deja una huella indeleble en la estructura cerebral que, a su vez, puede dejar otros rastros en grupos de neuronas que interactúan entre sí a raíz de dicha huella. Allí dentro no hay nada que cambie de una vez para siempre. Estamos descubriendo, asombrados, que se producen discontinuidades, transformaciones superficiales en las sinapsis y permanentes y profundas en otros circuitos. Estamos programados, es cierto, pero para ser únicos. Totalmente distintos del vecino y de los demás.
Y, claro, si estoy programado para no estar determinado porque soy único –todo ello por culpa del famoso inconsciente–, necesitaré al psicoanalista, que mediante un juego verbal reconozca al inconsciente, y no sólo al neurobiólogo, el cual me detalle las leyes universales de los procesos cerebrales.
Sólo hay una cosa que todavía no me cuadra en todo esto. Me he pasado años estudiando las dimensiones de la felicidad y he asesorado en la ejecución del estudio académico de mayor envergadura jamás efectuado. La multinacional Coca-Cola ha realizado la definición más exhaustiva y rigurosa de las dimensiones que definen la felicidad. Pero ahora –a la luz de lo que veo en la calle– me pregunto si lo más importante no sería descubrir las razones que explican esa capacidad infinita de la gente para ser infeliz. ¿Tiene esta infelicidad algo que ver con el inconsciente del que hablaba antes?
A ver si resulta que al no estar determinado por los genes o conocimientos innatos soy más libre que el resto de los animales; tengo que empezar desde cero –al contrario del pollito que sale disparado picoteando al nacer– y, claro, me equivoco muchas veces. Soy más infeliz porque soy más libre.
Eduardo Punset
Potencialmente podemos ser unos depresivos que entristecen la vida a los demás, aunque nuestro destino concreto no sea éste gracias a haber aterrizado en un entorno amable, pacífico, benevolente y considerado. Durante 40 años se fraguó un debate entre los que creían que todo dependía de los genes, los que creían que la mitad dependía del entorno y los convencidos de que la educación y el entorno podían con todo.
Si estabas aquejado por una enfermedad mental, ibas al médico, fuera psiquiatra o neurólogo, o bien al psicoanalista y a los psicólogos. Si tenías –como ocurre con algunos amigos míos– el presentimiento de que la conducta era el resultado de las leyes universales que rigen los procesos cerebrales, te ibas de cabeza al especialista del cerebro. Si, por el contrario, considerabas que la individualidad de cada persona está marcada por su inconsciente, entonces te ibas de cabeza al psicoanalista.
Ahora empezamos a entender por qué nos iba igual de mal en los dos casos. Neurólogos punteros de todo el mundo –fundamentalmente en Suiza y Estados Unidos– están demostrando que necesitan a los psicoanalistas y éstos a los neurólogos en la misma medida para interpretar la realidad. La espoleta que ha activado la convergencia de estos dos ríos del conocimiento ha sido el nuevo concepto de plasticidad cerebral: se acaba de descubrir que cualquier experiencia personal deja una huella indeleble en la estructura cerebral que, a su vez, puede dejar otros rastros en grupos de neuronas que interactúan entre sí a raíz de dicha huella. Allí dentro no hay nada que cambie de una vez para siempre. Estamos descubriendo, asombrados, que se producen discontinuidades, transformaciones superficiales en las sinapsis y permanentes y profundas en otros circuitos. Estamos programados, es cierto, pero para ser únicos. Totalmente distintos del vecino y de los demás.
Y, claro, si estoy programado para no estar determinado porque soy único –todo ello por culpa del famoso inconsciente–, necesitaré al psicoanalista, que mediante un juego verbal reconozca al inconsciente, y no sólo al neurobiólogo, el cual me detalle las leyes universales de los procesos cerebrales.
Sólo hay una cosa que todavía no me cuadra en todo esto. Me he pasado años estudiando las dimensiones de la felicidad y he asesorado en la ejecución del estudio académico de mayor envergadura jamás efectuado. La multinacional Coca-Cola ha realizado la definición más exhaustiva y rigurosa de las dimensiones que definen la felicidad. Pero ahora –a la luz de lo que veo en la calle– me pregunto si lo más importante no sería descubrir las razones que explican esa capacidad infinita de la gente para ser infeliz. ¿Tiene esta infelicidad algo que ver con el inconsciente del que hablaba antes?
A ver si resulta que al no estar determinado por los genes o conocimientos innatos soy más libre que el resto de los animales; tengo que empezar desde cero –al contrario del pollito que sale disparado picoteando al nacer– y, claro, me equivoco muchas veces. Soy más infeliz porque soy más libre.
Eduardo Punset
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